Diciembre, 1999. En un local de cine de culto y anime, dentro de un centro comercial del primer cuadro de Santiago de Chile. Vi el primer episodio de una serie que me afectaría por el resto de mi vida: Cowboy bebop. Han de saber que hace 20 años era complicado empezar a ver una serie que no estuviera en un formato físico, ni hablar de lo terrible que era ver series en televisión. En ese momento no considere tales cosas, estaba inmerso en la historia que se desarrollaba ante mis ojos en la que se mezclaba una interpretación de la cultura mexicana de la mano a un “homenaje” a la cinta Desperado (Rodriguez, 1995) que se desarrollaba en un asteroide terraformado llamado Liguana [en el doblaje actual la tradujeron llanamente como Tijuana] en el que los protagonistas de la historia, Jet Black y Spike Spiegel, persiguen a un narcotraficante quien traiciona a su organización para lucrar con un lote de una droga muy peculiar. Posteriormente compré un par de VHS con seis episodios doblados al español peninsular (curiosamente nunca me desagrado el doblaje, no sé si la historia hacía mejor el pesado acento español). Cuando regresé a México tuve que abandonar mi breve colección de VHS, entre esos casetes olvidados iba ese primer episodio.

Cowboy bebop es una serie de animación creada por Shinichiro Watanabe y Hajime Yatate, este último un seudónimo que aglomera a personal creativo del estudio de animación Sunrise. Yatate también es famoso por los desarrollos creativos de varias iteraciones de la serie insignia de mechas [robots tripulados por personas] Gundam. La dirección recayó en el novel director, en esos tiempos, Shin’ichirô Watanabe, famoso por la increíble serie-OVA- o película Macross plus. Una pieza importante fue la multifacética compositora Yoko Kanno quien venía de hacer el score La visión de Escaflowne,  ella fue clave en la producción de la serie, puesto que la música, ecléctica y atípica respecto a las producciones de animación japonesa de esos tiempos, fue el puente que conectó con las audiencias occidentales pues entre tanto jazz, blues, bossa, y heavy metal, entre otros géneros, la aceptación fue más melodiosa.

Septiembre 2001 Una de las cosas que me decían con una aparente envidia mis pares “otakus” en Chile ante mi regreso a México, era lo “avanzado” que les representaba que Escaflowne, otra serie de animación japonesa de Robots, y Evangelion, otra serie que sigue la temática de los mechas, fueran transmitidas en la televisión mexicana. Bajo esa premisa consideraba que el punto de inflexión sería que transmitieran Cowboy bebop. Para mi sorpresa tal cosa no estaba tan alejada de la realidad pues mi madre, una chilena con nostalgia por su país, decidió contratar DirecTv que para ese entonces ofrecía la señal internacional de TVN, aunque también ofrecía, por el mismo paquete, Locomotion, un canal de televisión de paga que transmitía una programación de animaciones para adultos pasando desde South Park, The critic, Evangelion y Cowboy bebop. Esta fue la primera vez que lo vi doblado al español latino, finalmente logré terminar de ver la serie y más adelante continué con la película, que también fue transmitida por el canal, años después. En el 2005 dejó de existir Locomotion y en general el sistema de televisión por paga empezó a sufrir un declive para dar paso a las copias en DVD, Blu Ray, LimeWire y Soulseek se convirtieron en espacios de busqueda de estos materiales y fue ahí donde los encontramos para su descarga y posterior archivo digital.

Originalmente la serie estuvo a punto de no ser transmitida. Tokio TV, la principal transmisora de animación japonesa en el país oriental, proyectó una serie trasquilada para mediados del 98. En octubre de ese mismo año se empezó a televisar en el canal de paga por satélite Wowow, algo relativamente novedoso para ese entonces. La situación con Tokio TV se debió a la gran cantidad de violencia que presenta la serie, así como la presencia de temas de índole adulto que para finales del siglo XX aún resultaba tabú que para hoy ya tienen un debate formal. Por ejemplo, en una escena del Episodio 8, Venus Waltz, mientras Faye hace sus pesquisas después de acabar con un grupo de maleantes en un bar que lo la guía hacia otra pista en una habitación de hotel, al interior un par de hombres tienen sexo; la sesión es interrumpida por Faye, quien emplea una técnica muy persuasiva de interrogatorio al introducir su glock en la boca de uno los hombres. En nuestros sofisticados días esta referencia a una practica sexual no heterosexual, no nos espanta tanto, pero en 1999, que un par de hombres se tomaran de la mano, en la calle, era motivo suficiente para que un carabinero, bajo el contexto chileno al menos, interviniera en pos de la moral y las buenas costumbres. Sin soltar la mención de dicho episodio, dentro del mismo hay una clara referencia a Bruce Lee, la mezquita azul, Turquía y su cultura, como se le conocía en el pasado. La mezcla de referencias a la cultura universal, filosofía a través de una narrativa que no condescendía con su audiencia pero eso requiere más de una vista por episodio y un poco de contexto previo. Una minucia del diseño de producción fueron las armas, siempre detalladas respecto a las patentes que ilustra una faceta de la personalidad de los protagonistas y nos dice cómo se rige este mundo de cazarrecompensas espaciales.

El anacronismo de la serie funciona para que la narrativa se imponga, no sin antes adscribirse a algunas reglas básicas de la ciencia ficción, la física y el espacio, pero elude atención de otras a favor de la licencia artística. Con base en ese aspecto de libertad creativa se presentan temas y referencias que eran ciencia ficción en su tiempo, pero que son muy contemporáneos para nosotros, como bioética, inteligencia artificial, corrupción gubernamental, organizaciones criminales interplanetarias, narcotraficantes violentos, uso de  divisas electrónicas, inferencia corporativa en una economía masiva de libre mercado, el sistema solar colonizado y terraformado, la religión en el futuro, corgis inteligentes, hasta Feng shui y Jean-Luc Goddard; todo con un tono fársico, con capítulos autoconclusivos -salvo algunos que otros- y unos hongos psicodélicos entre medio.

La música es otro de los grandes atractivos. La banda sonora que crearon Yoko Kano y los Seatbelts irrumpió en el rubro de la animación nipona, con una intro incidental y sin lírica. Tank es una pieza de jazz que rompió con las convenciones del anime. La banda sonora es completamente atemporal y de no ser por pocas piezas con letra al japonés podría decirse que es de una recopilación de música del mundo, ya que la mezcla de géneros es tan amplia que podría pasar por una de esas recopilaciones tipo Putumayo. Si lo que se quiere es conocer dichas composiciones, podría empezar por las Session starduck de los Seatbelts en su canal de YouTube, las cuales surgieron durante la pandemia. De ahí en adelante es posible conocer el soundtrack en la mayoría de plataformas de música on-demand, porque hablar de la música requiere un artículo por separado y francamente requiere una exploración de descubrimiento personal, si no no hay disfrute.

Quizá la problemática más compleja que aborda la serie es precisamente ese cuestionamiento de la realidad y cómo lo abordamos ante lo que vivimos, de cómo reírse de la máxima cartesiana –pienso, luego existo– cuando nos caga un pájaro y dudamos del destino; “es solo un sueño” siempre dice Spike. Watanabe, en su calidad de director, busca muchos elementos junto con breves narrativas cotidianas adyacentes a los personajes que nos atraen a la realidad humana como un pozo de gravedad. 

Hay muchas cosas que pasaron por mi mente cuando deslizaba hacía la derecha en las novedades del stream. La pieza de jazz reventó como una cápsula de tiempo en la cabeza, volvieron las referencias audiovisuales, los contrastes tonales de las tramas redondas de la animación que nos mostró que ya éramos adultos y que los vaqueros cazarrecompensas que cuestionan la realidad a ritmo de jeet Kune do jazzero, también enseñan sobre la existencia.

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