Se tiende a desestimar el impacto de los videojuegos en nuestras vidas. No me refiero a quienes somos usuarios constantes, sabemos bien cuáles son los alcances en la nuestra, aunque no siempre profundicemos en el tema. Hoy les traigo una historia de cómo un videojuego me ayudó a enfrentar esta pandemia y una propuesta para mejorar nuestras conexiones con el resto del mundo.

La noche del viernes 27 de febrero me sentía sumamente intranquilo, no era recomendable salir a ningún lado, aun así, me imagino que había gente en las calles todavía y seguro la cantina más cercana estaba atiborraba. No es mi estilo de viernes. Mis noches de viernes social radican en reunirme con los FRUI, el clan de Cal-O [Call of duty] y liberar el estrés de semana al son de las metrallas y explosiones, otros viernes son de sigilo y táctica; las menos, de battle royales con metras futuristas entre cañones de reyes y los límites del mundo [Apex legends]. Pero ese viernes no tenía ganas ni de bares ni de disparos, las noticias de la pandemia me saturaron lo suficiente como para no entrar a la partida del clan. Empecé a hacer un recuento de los juegos instalados en el PlayStation, me encontré uno con el rostro de Norman Reedus en la portada. La obra incomprendida por muchos del desarrollador veterano Hideo Kojima: Death stranding.

La conferencia de PlayStation del E3 del 2016 tuvo interesantes sorpresas . Una de ellas fue el anuncio de uno de los grandes de los videojuegos con un trailer que parecía cortometraje de videoarte digital y que mezclaba temas de conservación ambiental con un semidesnudo de Norman Reedus.

En honor a la verdad todo lo que siguió a partir de este punto resultaba cada vez más extraño y confuso. Simulador de caminata, le decían; videojuego de Uber Eats, aún le dicen…

El título nos pone en el papel de Sam “Porter” Bridges, un porteador, o courier que se dedica a realizar entregas de diversa índole en los páramos desolados de Estados Unidos en un futuro distópico, los pocos seres humanos que sobreviven lo hacen al interior de búnkeres desperdigados y aislados por todo el territorio. El elemento antagónico del juego son los Bts o CVs, seres etéreos, “almas” que están atrapadas, o encalladas como las ballenas en las playas, entre el plano de los muertos y el nuestro, el de los vivos. 

Sam trabaja haciendo dichas entregas para una mezcla entre corporación y agencia llamada Bridges, encargada de gestionar dichas entregas y la red Quiral, un sistema de interconexiones parecido a la internet. Será labor de Sam ir realizando conexiones y ampliando el alcance de la red para unir a los habitantes de lo que queda de Estados Unidos.

… Esa noche de fines de febrero activé el juego alrededor de las ocho y media y lo retomé exactamente donde lo había dejado después de casi un mes, o quizá más. Francamente me daba miedo el juego y en cierto punto llegué a arrepentirme de haberlo comprado. Pero a partir de ese momento el miedo que me generaba se hizo atractivo, como cuando vemos una película de suspenso y esperamos morbosamente el “susto” que se avecina. Esto último quedó relegado ante la satisfacción que significaba mover a Sam a través de terrenos escarpados; conforme avanzaba la tensión se disipaba e iniciaba una satisfacción que no había experimentado en mis shooters. Cuatro horas después me sentía cansado pero satisfecho, la zozobra de la pandemia se había apaciguado, me sentía ligero y bastante tranquilo.

Hace algunos días lo terminé. Entre lágrimas de emoción entendí que la verdadera esencia del juego es cuando lo finalizas; ojo, esto no es un spoiler sino todo lo contrario. Sin la necesidad y premura de un contexto tan amplio como lo es el apartado narrativo, el juego se desenvuelve como lo indica la premisa: hacer conexiones con el resto de los jugadores a través de mejoras en la infraestructura de los niveles para facilitar las entregas, tanto del jugador como de los demás que comparten el mapa. Esa es la premisa,al margen de toda la filosofía, alegorías religiosas y metafísicas que funcionan como un puente entre la idea y el verdadero mensaje.

Hacia finales del 2016 y principios del 2017 trabajé como bicimensajero de una pequeña empresa del rubro. Me tocó repartir de todo; valijas ejecutivas, comida, regalos, papelería personal diversa, libros conmemorativos de regalo para accionistas y clientes de cierto banco, anuarios en forma de revista de una asociación médica; fue en esta misión cuando tuve que recorrer 115 kilómetros en un día (tengo cómo demostrarlo). Aún recuerdo que, de regreso por una carretera interestatal, se le acabaron las pilas a mi luz trasera así que tuve que pedalear en el borde de la carretera sintiendo la turbulencia por el paso de los doble tractocamiones; ya no sentía mis muslos del ardor del roce de mis piernas. Para cuando llegué a mi casa, me acosté en un sillón y no me pude levantar hasta después de una hora.  

Abandoné la bicimensajería y el reparto en bicicleta para perseguir una posición fallida de productor de campo en una televisora local para que finalmente a principios del 2019, una trombosis en la pierna derecha -que los médicos que me atendieron no han sabido de dónde, ni cómo o por qué surgió- me mantuvo postrado con tratamiento de anticoagulantes.

Mi alta me permitió retomar la bicicleta así como un trabajo de soporte IT al que me transportaba en bicicleta casi todos los días inclusive cuando me ofrecieron un turno nocturno. Pese a que el pago no era malo extrañaba estar en la calle esquivando autos y rusheando en hora pico cada que un canadense me pedía que le reseteara su contraseña o un español despistado que no sabía por qué no funcionaba su monitor desconectado.

Las jornadas de reparto con Sam que iniciaron, o reiniciaron, esa noche de febrero tenían esta condicionante de recordarme a cada momento esa libertad de movimiento, estratégica y ágil (si bien yo no tenía que esquivar BTs o cortar sus cordones umbilicales) si me obligaba a tener que planificar rutas sobre la marcha y pese a que no contaba con el brazalete de Sam, tenía la aplicación de mapas en el celular, ventaja que los messlifers originales no tenían. Superficialmente podrán decir que no es lo mismo los páramos distantes y peligrosos de Death stranding a las calles de la ciudad, pero la satisfacción de la entrega a tiempo, en ambos casos, es igual de alentadora y gratificante.

Empecé a seguir Alejandro ( @AndoFumando) en Instagram por mi interés en uno de los Alleycats más famosos del mundo, el Monstertrack. Los Alleycats son carreras ilegales de bicicleta que buscan emular una jornada de bicimensajero; se deben cumplir ciertos checkpoints y tareas propias de un integrante de la messlife. El monstertrack es un alleycat en el que inflexiblemente solo participan ciclistas con una bicicleta de piñón fijo y sin frenos.

A modo de contexto, una bicicleta de piñón fijo (fixie, fixed o monomarcha) es aquella que tiene un mecanismo en el que la masa que genera tracción, la trasera, no tiene punto muerto, como es lo usual en las bicicletas. Esto responde a una razón de practicidad, dado que hace a la bicicleta una extensión del cuerpo y permite un control más preciso; sin embargo dominar esta modalidad de ciclismo es complejo pues requiere coordinación, fuerza, condición física y reflejos de gato además de unas rodillas de aquileas, este es el estándar con el que los bicimensajeros –OG– hacen su trabajo diariamente.

Cuando la pandemia de COVID-19 arribó a la ciudad de New York se esparció con agresividad. Igual que en muchas otras partes del mundo el confinamiento se estableció como medida precautoria para evitar contagios. Fueron las imágenes que veía a través de las historias de Alejandro las que demostraban el imperativo cierre de la gran manzana mientras ellos recorrían una Manhattan desolada, digna de los páramos relativos al mundo donde la muerte encalla, aunque menos devastada y transgredida por el abandono, solo calles vacías.

Para el 25 de abril, la OMS sugirió  el uso de la bicicleta como medio de transporte durante la pandemia, bajo esta misma consigna, el gobernador del estado de New York estableció como trabajadores esenciales a quienes se desempeñaban en y para bicicletas, por añadidura los bicimensajeros.

Una noche de esas tratando de ampliar la red Quiral me encontré con la novedad de que Alejandro dejaba de lado sus sesiones de Call of duty para darle una oportunidad a Death Stranding. Intrigado, le pregunté que lo había llevado a probar el juego: “lo compré porque todos me decían que yo era Sam Porter”, remite. “Siendo honesto recién lo empecé pero se me hace un tanto aburrido aunque todos me dicen que se pone mejor más adelante”, añade. 

Si bien jugar videojuegos no es uno de sus hobbies más constantes me contó que siendo más joven creció con Counter strike en cybers de dólar la hora y que con el paso del tiempo se mantuvo con los shooters en línea y que Death stranding no se acoplaba a su déficit atencional. “La gente me agradece lo que hago por ellos, onda como si les salvara la vida” y me relata que un vecino suyo, temeroso de contagiarse, y por agregado a su familia, decidió confinarse y que cada vez que sale le pide cosas. Y no solo su amigo, por las historias que subía, constaté que ayudaba a gente mayor con sus compras fungiendo para ellos como un puente con el mundo exterior. “Cuando tengo un poco de tiempo [entre rutas] veo que puedo comprar para su mandado, puntos por misiones secundarias”.

La propuesta

La limitada interacción y la casi nula posibilidad de salir nos obligó a aislarnos en esta pandemia, tal como en DS, nos requiere solicitar ayuda para conectar con el resto del mundo o cubrir ciertas necesidades. Pero hay gente como Alejandro que realiza esta ayuda en esta pandemia y en uno de los puntos más álgidos de Estados unidos como lo es New York. Pero no se limita a los porteadores, couriers, bicimensajeros o tamemes; ni a los profesionales de la logística o el transporte, todos podemos fungir como puentes ayudando a aquellos que no pueden salir por los alcances de esta pandemia. Si bien la consigna dicta que nos quedemos en casa, podemos ofrecer nuestra ayuda a nuestros vecinos que se encuentran confinados con tareas sencillas o que implican no movilizarse lejos de su confinamiento. O bien, aprovechar nuestras salidas como lo hace Alejandro, misiones secundarias de paso a nuestro destino. Y así como Sam, conectemos con aquellos que no pueden.

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